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El Carnero en latín: una crónica neogranadina que vuelve a hablarle al mundo



    Acaba de publicarse, en Vox Latina (t. 61, fasc. 241, 2025, pp. 435–442), la traducción al latín del capítulo VI, firmada por Andrés Leonardo Reyes Cabrera con el título Narrationis Columbianae, cui titulus «El Carnero», capitulum VI. Es un hito editorial para quienes trabajamos filología, historia y tradición cristiana en Hispanoamérica: un clásico colonial entra al circuito internacional en la lengua común de la erudición europea, esa que durante siglos sostuvo ciencia, teología y humanidades.

    El capítulo elegido condensa escenas que exigen oído fino: de la caída de Lucifer y la tentación de Eva a los ritos indígenas en Guatavita, Siecha, Teusacá y Ubaque; de los ecos bíblicos a la célebre tradición del dorado y fue tomado de un manuscrito del siglo XVIII de la Biblioteca Nacional de Colombia (sign. rm_197, núm. 986.101). Trabajar desde un testimonio concreto —y no desde vaguedades— ordena las decisiones: se fijan criterios para nombres propios, topónimos, latinización y normalización de grafías arcaicas. El resultado no pretende “mejorar” a Freyle, sino hacerlo audible en la lengua que mejor permite comparar, comentar y discutir su mundo con lectores de otros países. Así, un pasaje nacido en el Nuevo Reino de Granada puede hoy leerse y enseñarse en seminarios de neolatín, historia colonial o patrística sin barreras idiomáticas.

    ¿Por qué publicar esto en Vox Latina? Porque la revista —fundada en 1963— es un foro de referencia para trabajos escritos en latín y para la tradición neolatina contemporánea. No se trata solo de cumplir con un rito editorial: se trata de insertar la memoria americana en una conversación de largo alcance, donde filólogos, historiadores y teólogos ponen a prueba los textos con criterios compartidos. Cuando El Carnero entra en ese diálogo, ganan todos: la obra se vuelve visible fuera del circuito local, y quienes enseñamos aquí contamos con un material que permite leer Hispanoamérica desde el latín —no como curiosidad exótica, sino como interlocutora seria.

    También hay un filo pedagógico. En clase solemos usar el latín como llave para abrir autores antiguos; menos frecuente es usarlo como lengua de llegada para nuestros propios clásicos. Ese gesto —traducir al latín un texto hispanoamericano— obliga a afinar gramática y estilo de forma que luego redunda en mejores lecturas de Agustín o Beda. Y, al revés, leer El Carnero en latín afila el español: notamos ritmos, ambigüedades y soluciones que el hábito del idioma a veces vuelve invisibles. Por eso esta publicación no es solo filología; es didáctica: una herramienta concreta para cursos, clubes de lectura y talleres donde la teoría se verifica con texto vivo. 

    Esta traducción se hizo en el marco de un proyecto de investigación que se llama Lingua Patrum, Lingua Ecclesiae: tender puentes entre herencia clásica-cristiana y memoria americana mediante traducciones críticas. No es nostalgia del latín, sino estrategia de circulación: dar a nuestras fuentes un idioma de debate que muchos lectores comparten. Y, de paso, recordarnos una tarea doméstica: releer lo nuestro con la misma seriedad con que nos acercamos a los cánones europeos. Que El Carnero se lea hoy —en latín— dice que nuestra historia puede habitar los foros donde por siglos se formaron las humanidades. La apuesta, entonces, no es mirar al pasado con devoción, sino con método.

    Querido lector, si manejas el periodo colonia y la literatura latina, mi invitación, entonces, es a que te disfrutes mi traducción. Aquí te dejo el texto para que puedas leerlo gratuitamente.

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